miércoles, 13 de abril de 2011

Relato Breve presentado en un concurso de la UB.


Desde que ella nos dejó, he intentado hacer su papel y el mío. Pero no es nada fácil porque, la verdad, nunca sabré si estoy haciendo aunque sea mi tarea con él. Se suele decir que los trabajos que dan mucho dinero también obligan a elegir entre él o la familia. Doy fe de la certeza de esta afirmación. Nunca he tenido tiempo de preguntar por los estudios a mi hijo, ni él me pone fácil que se lo pregunte, ya que siempre me responde con un bien. Si le veo triste, no sé cómo reaccionar. Eso siempre lo hacía ella. Tenía esa psicología, ese don que tienen las mujeres para adivinar problemas ajenos. Yo me suelo creer el primer no que me responde cuando le pregunto si le ocurre algo. Tampoco es que pueda insistir mucho, con este horario tan apretado. La verdad es que se me hace más asidua la imagen de edificios de bolsa o la que estoy presenciando ahora, de la azafata ofreciéndome un aperitivo, que la de mi propia casa. Y es que entre los cálculos que tengo que hacer en casa y los que hago in situ en dichos edificios, se puede decir que mi vida es la bolsa. Y encima mi hijo elige una carrera de letras… No se lo tengo en cuenta, pero me hubiera gustado que heredara mi trabajo y que se quitara esos pájaros en la cabeza de ser escritor. Escribir como afición está bien. Pero trabajar de escritor suena a pasar hambre. Por suerte para él, va a estar mantenido toda su vida gracias a lo que él tanto odia: los números. Da igual. No quiero discutir sobre lo de siempre. Esta vez, después de una semana en Bruselas, me han dado una semana de vacaciones y quiero pasarlo bien con mi hijo. Odio los aeropuertos. Nunca se arreglarán estas esperas. No sé qué extraña ley hace que tu maleta sea la última en la cinta giratoria. Por suerte para los que volamos habitualmente, el servicio de taxis funciona de maravilla. Nunca me he quedado esperando la llegada de uno. Es curioso lo que puede llegar a transmitir un taxi. A mí, la combinación de negro y amarillo me hace sentirme en casa de nuevo. Como siempre, el taxista ha esperado a que hablara yo. Si no hubiera hablado su idioma, es probable que el precio final no hubiera sido el mismo. Tengo ganas de verle. Recuerdo que hace una semana, antes de mi viaje a Bélgica, en los dos días que pasé en casa después de venir de Lima, Humberto estaba algo más distante de lo habitual. También alzaba la voz más de la cuenta, como si le irritara escucharme, como si le molestara mi presencia en casa. No, no estuvimos muy bien la última vez, pero ahora es momento de arreglarlo.

- Es aquí, ¿no? Son veintidós euros, por favor.

- Quédese con el cambio.

No me había percatado hasta ahora del buen tiempo de Barcelona en comparación con el de Bruselas. Aquí ni siquiera hay niebla, además de estar unos grados por encima. El buzón tiene un par de cartas que parecen ser recibos. Esta vez he cruzado la verja de casa para quedarme más tiempo. Qué curioso, hay una carta justo aquí, al lado de la puerta principal. Debe de haber volado de un vecino. Aunque no hay sello, remitente ni destinatario. Agradezco que mi hijo no haya puesto la calefacción, me es agradable la temperatura ambiente de la casa. Está todo como lo dejé antes de irme, pero con más polvo y con una pequeñísima novedad. Parece que desde anteayer Humberto se ha dedicado a tachar los días que faltaban para que llegara. Una cruz negra en el viernes, otra en el sábado y un pequeño trozo de papel cubriendo el día de hoy: “Hoy es el gran día. Tenemos que hablar de muchas cosas, por fin cara a cara”. Vaya, quizás hasta me ha echado de menos. No entiendo por qué empezó su cuenta atrás hace dos días. Quizás cuando se sentía solo, ya que habrá tenido clase toda la semana.

- ¿Hijo?

Empezamos con mal pie. No hay respuesta. En fin, no quiero alterarme. Aunque me hubiese gustado que estuviera aquí para recibirme. Sabía que venía. Se lo dije antes de marcharme. Y le dije la hora aproximada. Es igual. Lo importante no es como empieza. Voy a ver si esta carta es para mí o tengo que devolverla.


Humberto Rodríguez Hernández

Jueves 10 de marzo de 2011

“Apreciada señora:

Le escribo esta carta para que me devuelva lo que es mío. Una vez más, me ha robado. No quisiera ponerme antipático, pero esta vez me está resultando francamente difícil. Quiero que lo haga por las buenas o por las malas. Estoy harto de usted, nunca pregunta antes de arrebatarme algo. Algunos dicen que por su culpa estoy delirando. Y quizás tienen razón, quizás no es buena idea buscar un conflicto con usted. A lo mejor estoy loco pensando que usted leerá esta carta, o es una locura el simple hecho de tratarla de usted, vil saqueadora sin escrúpulos. De hecho, estoy asistiendo de manera regular a un psicólogo al que suelo engañar asegurándole día tras día que siento una notable mejoría en mi ánimo. Me ha hundido; esta última adquisición suya me ha hecho más daño que ninguna de las anteriores porque siento que es culpa mía; se la serví en bandeja de plata, como se suele decir. Puede que esté un poco perdida. Por eso, ya que sé que no es nada personal, y que roba usted a más gente además de a mí –creo que no hay nadie que no la difame en cuanto a su enfermiza e incurable cleptomanía-, la voy a poner al corriente de mi caso concreto, que es al fin y al cabo el motivo por el que escribo esta carta, además de para llegar a un acuerdo con usted, ya sea pacífico, ya sea violento.

Nadie es libre en este mundo, sólo hay diferentes grados de prisión. Era la primera frase de su escrito ganador y desgraciadamente, por muy optimista que se pueda llegar a ser, es una realidad. Hay cárceles leves que no quitan el sueño y las hay que no dejan respirar, que se adhieren a ti como una lapa y se sienten como una mochila invisible llena de piedras enganchada a la columna vertebral. Hay condenas que duran días y otras que se alargan años, lustros e incluso décadas. Yo tenía las prisiones más duras lejos de mí. La prisión de la vejez, a mis veinte años llenos de vitalidad, era impensable. La del dinero, la más grande y llena del mundo, me había dado libertad mientras se cumpliera la condición de ser mantenido por mis adinerados padres. Me cuido mucho, así que mi salud no ha permitido nunca que su correspondiente cárcel me encierre. La cárcel de la soledad tampoco llenó sus celdas conmigo. Siempre he tenido suerte en las relaciones personales. Cumplí la misma condena que todos en la prisión de la ignorancia, hasta que me dejaron salir a una edad prudencial. Además, el hecho de no estudiar me condenaba a ingresar en la cárcel del dinero, ya que mis ingresos eran proporcionales a mis notas. Quizás fue esa motivación la que me llevó a mi adoración por la escritura y la lectura, por los idiomas, por las letras en general, quizás hubiera tenido esta admiración de todas formas. El caso es que, sin darme cuenta, me entregué a la policía universitaria, que me impuso una condena de cuatro años. A partir de aquel momento, mi vida cambió. Con esto no pretendo aburrirla, sólo ponerla en situación. Estése tranquila, serán evocaciones muy puntuales que no le harán perder mucho tiempo. Quiero mostrarle su crueldad y para ello necesito utilizar porciones de mi mente para recordar.

Antes he dicho que siempre había tenido suerte en mis relaciones personales. Es cierto, aunque de manera parcial. En la amistad era una persona propensa a crear vínculos. En el amor, pedía demasiado. Una chica que me llenara físicamente, porque el físico no lo es todo pero sí una parte, que tuviera un humor lo suficiente pícaro para seguir mis bromas, a la vez seria y aplicada en sus aficiones y sus aspiraciones, morena, no mucho más bajita que yo y no fumadora. Odio tragar humo ajeno. Parecía una utopía, hasta que la vi. No había más de cincuenta personas entre jurado y participantes. Después de cuatro meses en la universidad, me sentía cómodo. Encontré el folleto de este concurso por casualidad, junto al bar del edificio, y me pareció buena idea intentar ganar un dinero extra. Ella llegó algo más tarde que yo. Suelo mirar quién entra por la puerta, pero no suelo mirar tanto como la miré a ella. Intenté centrarme porque en breves momentos, si conseguía ganar el concurso de escritura, tendría que dar un pequeño discurso. Lo único que deseaba con todas mis fuerzas que no pasara era quedar segundo. Soy muy perfeccionista, prefiero quedar en la sombra de un puesto indefinido que un segundo premio en el cual todos vean que he sido superado por alguien más. Y, misterios inexplicables de la vida, dijeron mi nombre acompañado de un: “segundo premio para…”. Era el turno de disimular la desilusión, dar el discurso sonriendo todo el tiempo y volver a sentarse. Pero, por si no hubiera sido suficiente humillación, me hicieron leer el papel del ganador. En este caso fue ganadora, Alba González, y lo que sentí al verla desfilar hacia el escenario no se podría explicar con palabras aunque me pasara veinte siglos inventando expresiones nuevas. Imagino que llegados a este punto usted bostezará, así que intentaré darme algo más de prisa en la explicación de los hechos. Lo importante es que la vi y, después del discurso, la invité a cenar para celebrar su triunfo. No había sido un espejismo. Me gustaba de verdad y, aunque esto parezca una novela romántica con final feliz, yo también le gustaba. Justo aquí, ese mismo día, es cuando descubro que tiene usted las manos muy largas.

Cada sentimiento tiene su forma de actuar. La alegría crece en el momento que empiezas a explicarla a los demás, mientras que la pena se calma al hablar con alguien. El dolor, el físico, crece cuanto más te acuerdas, y no pensar en él suele llevar a su contrario. Por suerte, yo tenía ganas de difundir el mejor de ellos. Y a la primera persona que quería hacerle saber mi felicidad era a mi madre. He de reconocer que volví a casa con algo más de ímpetu de lo que debería haber vuelto, sobrepasando algunos límites de velocidad y de prudencia. Pero, aún así, usted había sido más rápida. Mi padre, para no variar, no estaba en casa. Si le hubiese llamado para explicarle mi preocupación acerca de la ausencia de mamá en casa a aquellas altas horas de la noche su respuesta se hubiera acercado a un: “Hijo mío, tienes mucha imaginación, utilízala para hacer algo útil, o aunque sea escribe una novela buena”. Tenía a la policía de la cárcel de la soledad pisándome los talones. Y aún me rodeó más cuando no pude hablar al marcar su número de teléfono móvil con nadie más que con una teleoperadora que me informaba de que mi preocupación debía crecer porque por este medio no iba a poder encontrar a mi madre. Entonces me fijé en el teléfono fijo. Esa fue la pista que usted dejó para que yo pudiera saber que había allanado mi morada. Una llamada de un número desconocido para mi memoria. Un mensaje nuevo: el aviso del hurto de ella, de la persona que me entendía sin hablar, de la persona que era feliz sólo sabiendo que yo lo era. Pero, lejos de dejarme atrapar por una de las cárceles más duras de superar, salí corriendo en busca de un testigo que me exculpara de la soledad. Y la encontré. Y me entendió. Y pasé la noche en casa de Alba. Y eso me hizo pensar que, pese al atraco que usted había llevado a cabo en mi casa, había sido una noche agridulce. Había perdido a mi madre, pero había ganado al amor de mi vida. Si la balanza se desplomó levemente hacia la agrura fue por la llamada de mi padre preguntando: “¿Te has enterado? Sí, papá, me había enterado bastante antes que tú. Aún así, si algún día lees esto, que sepas que no te guardo rencor. A usted, sin embargo, le guardo rencor desde este momento. Además, hubo ensañamiento. Hace un mes, volvió a robarme. Apenas había pasado un año, y usted volvía a robarme. Y para colmo, su acto provocaba que me encerraran en la cárcel del remordimiento.

12 de febrero. Un año y dieciséis días después de aquel concurso. Un año y dieciséis días después de conocer al amor de mi vida. La noche del sábado se presentaba, para nosotros dos, con fiebre: alguna copa de más, la alta calefacción de la habitación del hotel donde estábamos hospedados y nuestros cuerpos en continuo contacto nos hacían tener la sensación ardiente de ese fenómeno patológico. Cuando saciamos las mutuas ganas de desgastarnos a base de placer, ella, tan vital como siempre, me propuso bajar a la playa que teníamos a cincuenta metros del hotel. Yo estaba agotado, pero mentiría si dijera que la playa de Blanes, junto con la sonrisa de Alba, es resistible. Así que bajamos. No sé si fueron las copas, pero sobre la arena seguíamos teniendo calor. Lo peor de ir alcoholizado es que no mides el grado de alcoholización de los demás. Ella me propuso la locura de zambullirnos en pleno invierno. Y no supe decirle que no. Entramos al agua con ropa, con carcajadas fluyendo en nuestros rostros. Pero el cansancio y la temperatura del agua me hicieron querer salir enseguida. Ella me dijo que le apetecía nadar unos minutos más y que luego volvería a la arena conmigo, que no me preocupara. Y me despreocupé. Salí de espaldas al horizonte y me dejé caer en la arena, boca abajo. Pienso que no fueron más de cinco minutos, pero mi estado etílico y mi cansancio me impiden afirmar con seguridad el tiempo que estuve tumbado. Lo que sé es que, cuando me di la vuelta para ver si estaba ya cerca de la orilla, mis ojos no la encontraron. Un segundo de nerviosismo y parálisis seguido de una contrarreloj impuesta por usted. Me lancé al agua y empecé a abrir los brazos y los ojos para encontrarla lo antes posible. Pero lo antes posible no fue suficiente. El tiempo que tardé en devolverla a la arena sumado al que tardó la ambulancia me dejó fuera de juego. El reloj había llegado a cero. Como su vida, como mis ganas de vivir. ¿Qué necesidad tenía usted de hacerlo? Exijo explicaciones. No estábamos haciendo nada malo, no tenía derecho, hubiera preferido que me llevara a mí que a ella. Esto no va a quedar así.

Desde el doce de febrero hasta hoy vivo prisionero en la más oscura celda de la cárcel del remordimiento. Y la verdad es que varias entidades han pedido mi traslado: la locura, la pena, la soledad y la culpabilidad consideran que ellas deberían tener mi custodia. Pero, como ya le he dicho, esto no va a quedar así. Usted es la única que puede hacer que se me exculpe de todas las condenas devolviéndome lo que es mío. Tiene dos días para presentarse ante mí con ella del brazo. Si se cumple este plazo y la carta sigue en el umbral de la puerta, donde voy a dejarla, iré a por usted. No la temo, Muerte. Piense que usted me ha quitado todo lo que tenía en vida, así que no me importa ir a buscarla para pedirle las explicaciones necesarias. El domingo, a mucho tardar, discutiremos sobre lo ocurrido. La esperaré bajo mis sábanas blancas, aunque en este caso estarán tintadas de sangre, que según me han dicho es el cebo más atrayente para usted.

No he tardado más de diez segundos desde el sofá donde he leído la carta hasta su habitación. Pero se me han pasado por la cabeza mil pensamientos. Así que las notas del calendario no eran para mí... Desde aquí, desde la puerta de su habitación, veo un bulto ensangrentado bajo las sábanas de su cama. Cómo se puede ser tan mal padre. Cómo he podido no darme cuenta en este mes de que lo que le ocurría era más grave que una discusión tonta sobre letras o números. Mi hijo hablaba de cárceles en esa carta. Yo me merezco todas y cada una de ellas por haberle dejado así. Un momento. Oigo pasos detrás de mí. Lo que parecen cinco dedos humanos me han tocado el hombro. ¡Ah!

- Papá… ¡Papá!

- ¿Pero qué…? –Me ha puesto la mano en la boca, mi hijo me ha puesto la mano en la boca, no me deja expresar las miles de preguntas que tengo. Ni siquiera sé si estoy vivo. Si estamos vivos. Me desmayé al verle detrás de mí en su habitación y ahora estoy en el sofá donde había leído la carta. Es todo muy extraño-.

- No pensaba que te fueras a desmayar, era solo un experimento –Y una mueca de sonrisa preocupada aparece en su rostro-.

- ¿Un experimento? ¿Estás loco? ¿Estás vivo?

- Papá, el último fin de semana que viniste me viste atareado porque lo estaba montando todo. Antes de alarmarte más, debajo de mi cama hay un maniquí con salsa de tomate. No podía permitir que siguiéramos tan distantes cada vez que nos reuníamos, y decidí que debía intentar cortar por lo sano, que vieras lo que tu ceguera numeral no te deja ver.

- No te sigo.

- Dices que escribir no sirve para nada. No me apoyas nunca en mi sueño de ser alguien por mi literatura. Y lo que ha pasado hoy demuestra que la literatura es maravillosa. Los números están ahí, son exactos y dan resultados incontestables. La literatura va más allá. Bien construida, puede sacar a la luz los sentimientos más escondidos de un ser humano. Con la ayuda de la imaginación, de la que tanto te burlas, las posibilidades son infinitas, igual que las interpretaciones. He conseguido hacerte creer, mezclando realidades como la de mamá o tus comentarios, con mentiras como la reciente muerte de mi novia y mi asistencia a un psicólogo, cosas que no son reales: has creído que un maniquí con salsa de tomate era mi cuerpo, has llorado pensando en mi suicidio, te has desmayado pensando que habías visto un muerto y hasta te has creído que era un loco que dejaba mensajes a la muerte en el calendario y le escribía cartas. La literatura es tan prodigiosa que es capaz de entrar en la mente de las personas y hacerles creer o evocar, aunque sea durante un rato, situaciones totalmente imaginarias. Los números han tocado fondo, son resultados inamovibles. La literatura es infinita porque su vehículo es una cualidad también inabarcable: la imaginación. Es más fácil estudiar números y acabar memorizando procesos que dan resultados y beneficios que intentar quedar en la memoria como escritor y vivir de tus novelas. Yo, para triunfar, necesito entrar en la cabeza de casi siete mil millones de personas, adivinar qué quieren y conseguir mediante palabras hacerles sentir algo que otros no puedan. Esto es lo mío papá, y necesito que me apoyes en esto. Sal de la cárcel de la intolerancia y apóyame.

Nunca, hasta ahora, me había ocurrido. Me fallan las palabras. Éstas no alcanzan a expresar la lección que me acaba de dar mi hijo. Él sigue mirándome a los ojos esperando quizás que le rebata algo o que me ría de él. No soy capaz. Cuando las palabras fallan, una sonrisa de complicidad entre padre e hijo seguida de un largo abrazo sientan como el mejor de los discursos. Y, mientras mi sudor frío va desapareciendo, mi mente se empieza a preguntar si no soy yo quien debería ir a pedir explicaciones a la Muerte por la apropiación indebida y prematura de mi mujer…

Microrrelato presentado al concurso de TMB


El trayecto en el metro, para los que pasamos la mayor parte de la vida en él, puede hacerse eterno sin un entretenimiento: personas que tendrán problemas auditivos en unos años porque el anhelo de aislarse de los demás les hace escuchar la música más fuerte de lo que su tímpano desearía, gente que prefiere evadirse de forma más sana con cualquier libro o diario gratuito, sujetos ausentes que miran a un punto inconcreto y se dedican a martirizarse con sus problemas e inquietudes o, quizás, a utilizar su imaginación para rehuir la idea de encontrarse bajo tierra, individuos que interrumpen el incómodo silencio entre desconocidos hablando con sus compañeros de viaje o al recibir una llamada telefónica, gente tímida que no es capaz de evadirse y se dedica a mirar indistintamente al suelo y a la lucecita roja que indica cuántas paradas quedan para bajar, como si con sus ojos pudiera hacer ganar algo de velocidad a esa luz y otros que, una vez hojeado el periódico, se dedican a escuchar a los que mantienen una conversación con la intención de encontrar una anécdota divertida. Yo, sin embargo, no me dedico a nada de eso. Yo me ocupo de ayudar a las personas, aunque ellas no lo aprecien tanto como yo quisiera. De hecho, hay quien, no contento con ignorarme, me golpea con violencia. Yo me mantengo impasible. No he elaborado ninguna estadística que corrobore mis palabras, pero creo que paso más tiempo en el metro que nadie. Esto me ha hecho evolucionar: soy fría en este ambiente caluroso y nada me hace perder mi rectitud. Además, he aprendido a hacer algo que me entretiene en mis largas horas bajo tierra: soy capaz de escuchar los pensamientos de las personas cercanas a mí a través de sus manos. La mayoría de ellos son bastante repetitivos: ¡Maldita sea! Llego tarde; no entiendo qué he hecho mal, pensaba que querría volverme a ver; necesito una ducha urgentemente; no aguanto más de pie; menos mal que este vagón tiene aire acondicionado; espero que cuando llegue a casa mis hijos hayan recogido un poco la casa; no puedo dejar de pensar en ella, necesito abrazarla; espero que mi aportación sirva de algo en Japón; sí, tengo tres gatos, pero es que si no adopto a este, lo sacrificarán… En definitiva, pensamientos típicos e inocentes, incluso algunos bonitos y admirables. Pero no son los únicos que llegan a mí; también los hay más crueles y desconcertantes: no debería haber robado la cartera de ese tipo con violencia por diez míseros euros; cuando llegue a casa no voy a ser capaz de mirarle a la cara, no debería haberle engañado con su mejor amigo; espero que nadie note que llevo una pistola, debo pasar desapercibido hasta llegar a la joyería; no entiendo por qué dan tanta importancia al tsunami de Japón, si Dios lo ha permitido será porque lo merecían; cuánto inmigrante, con Franco esto no pasaba; se me ha ido un poco la mano al pegar a mi mujer… Me estremezco cada vez que oigo barbaridades de ese tipo. El problema es que no son pensamientos que solo haya oído una vez en mi vida. El metro, al fin y al cabo, es un pequeño mundo heterogéneo que se crea y se destruye cada día, igual de mágico e inquietante que la vida, con la bondad compartiendo vagón con la maldad. Yo, conocida vulgarmente como “barra del metro”, sujeto miles de manos a diario, y ojalá tuviera el don humano de hablar para ayudar a desenmascarar a esos seres desalmados que perjudican a otros, a esos seres cuyos pensamientos solo crean odio. Si las barras del metro habláramos…

miércoles, 28 de octubre de 2009

1er Premi RACC Jovesiconducció 2008


Capítol I: Fent memòria
Els primers raigs de Sol em deixaren cec durant uns instants que em permeteren veure que aquest no era el meu llit. M’era igual, ara només volia tornar a agafar la son que amb tant ímpetu m’havia tret la primera llum de l’alba. Durant el minúscul trajecte que separava aquell desconegut llit de la finestra vaig assabentar-me de que l’habitació no parava quieta ni un moment. El mirall em mostrí groguenc i amb unes pupil·les més dilatades del que acostumen a estar-ho. Em vaig somriure: tota aquesta escena em semblava força còmica. El meu cap es movia amb el vaivé de la inquieta habitació. Vaig intentar pensar què vaig fer ahir, però l’esforç em va superar i decidí tornar al llit d’aquella cambra ara a les fosques. La comoditat d’aquell llit em féu caure en una tranquil·litat relativa...
- Desperta col·lega, els meus pares arriben d’aquí a una estona!
Vaig trigar a enfocar la familiar cara d’aquell noi, el meu millor amic. El notava força content. La hipnosi posterior a la ingerència d’alcohol no em permetia recordar res del dia anterior.
- Quina “merda” portaves a sobre ahir! Val més que et refresqui la memòria que fas cara de saber ben poc d’ahir.
Em començà a explicar la nit anterior, i en aquell moment vaig assabentar-me del dia que vivia: dissabte al matí. L’Albert posava l’alcohol a sobre d’un pedestal. Tot havia estat divertidíssim aquella nit, segons em recordava ell. La frase que més repetia era “gràcies a l’alcohol”. Gràcies a l’alcohol havíem pogut entrar-li a aquelles noies, gràcies a l’alcohol ens havíem barallat amb aquells nois i havíem “tingut ous” a plantar-los cara, gràcies a l’alcohol havíem ballat durant tota la nit sense descans, gràcies a l’alcohol el meu cap donava voltes al voltant d’aquella petita habitació, gràcies a l’alcohol jo no era al meu llit perquè si hagués arribat en aquell estat – no parava de vomitar i així no em podien deixar a casa - no m’haguessin deixat sortir avui a la nit, que, segons m’explica, tenim preparada una bona. Al veure la meva expressió preocupada em va tranquil·litzar dient-me que ell havia contactat amb els meus pares i que sabien que dormia aquella nit a casa seva. Em continuà explicant que el pobre desgraciat de l’Eduard es va perdre tota aquesta diversió perquè li havia tocat no beure, i ho havia complert amb molta diligencia, el babau.
- I aquesta nit, amb la que tenim preparada, em toca no beure a mi... – el seu rostre mostrava un somriure delator.
Al vespre, i abans d’anar a sopar tots junts, l’Albert ens va portar a donar una volta amb el seu cotxe. Era increïble com canviava aquest noi quan agafava aquesta màquina de matar, sort que en aquests moments tenia els reflexos intactes...
Després de veure tot el que corria el seu Honda Civic, anàrem a comprar les provisions d’aquella nit. Érem cinc i comprarem quatre ampolles del saborós i car Jack Daniel’s. Mai hauria pensat que era el meu últim dia de festa.

Capítol II: La sort dels reflexos
L’Albert ens va deixar a casa nostra, i al cap d’una hora tornàvem a estar junts i ens disposàvem a sopar. Les contínues rialles, ignorants del nostre futur proper, inundaven tot el restaurant xinés. Els cinc estàvem pletòrics. Encara em ressonen al cap les paraules que l’Eduard va dir: “Aquesta nit promet, tinc el pressentiment que passarà alguna cosa inoblidable”.
Vam acabar de sopar molt d’hora i, després de comprar tot allò que ens faltava per mesclar el nostre apreciat whisky (gots, gels i llimonada) l’Albert va proposar que en comptes d’anar directament cap a la platja a començar a beure, podíem anar a fer una mica el boig amb el cotxe. Els altres tres – Kilian, Eduard i Hèctor – van estar d’acord però a mi no em matava la idea. No obstant, què podia passar?
Entrarem al cotxe i en conduir la meva mà cap al cinturó vaig sentir les mirades dels meus amics i quan els vaig mirar van riure amb intensitat.
- Però on vas amb el cinturó? Al meu cotxe ningú es posa cinturó! No veus que treu la sensació de velocitat?
Les paraules del meu millor amic van fer que em sentís inútil i avergonyit, tot i que era l’únic que estava fent allò correcte. És important saber que per un cop anterior els airbags del cotxe eren buits, no hi havien. No obstant, què podia passar?
Amb la llibertat intranquil·la que et dona no portar el cinturó vam anar a un lloc on ell sabia que no hi havia radars: un carril d’acceleració molt llarg amb un semàfor al fons, degut a que era tant d’entrada com de sortida, prop de Badalona. Va començar a accelerar i en un no res el seu potent cotxe era a 180 km/h. Just en aquest moment un cotxe es va incorporar sense assabentar-se de la velocitat que l’Albert portava. És difícil explicar la sensació que comença a l’estomac i s’estén per tot el cós, la sensació de por, de poder tocar la mort amb els dits. Però aquesta vegada els frens del cotxe van actuar amb correcció i a un pam del cotxe de davant va parar completament. La meva vergonya anterior es va transformar en indignació quan, per culpa de no portar posat el necessari i important cinturó de seguretat, tots vam rebre cops que van desenvolupar en blaus. El pitjors parats van ser L’Eduard i l’Hèctor, un al seient central de darrere i l’altre al davant. El primer notà un dolor intens al coll que, tot i no passar d’això, era bastant molest. L’Hèctor, per la seva part, va sagnar durant uns minuts pels llavis. El silenci era sepulcral fins que algú, no recordo qui, el va trencar amb unes paraules que en aquell moment no sabia realment valorar.
- Sort que som vius, no ha passat res greu. Tranquils, hem de continuar la festa. Anem a la platja, emborratxem-nos i oblidem el que acaba de passar.
El camí cap a la platja, encara que era curt, es va fer etern pel silenci que ningú trencava. Però l’alcohol anima al més trist, i en poc temps estàvem molt alegres, parlant a crits de qualsevol cosa. Aquesta nit a qui no li tocava beure era a l’Albert, que havia anat a la benzinera. Era estrany que encara no hagués tornat. Preocupat, vaig anar cap a la benzinera i no el vaig trobar. Per sort vaig trobar-me uns amics que ens coneixien, i em digueren una cosa que jo no podia creure: havien vist l’Albert a un bar proper demanant-se un got de litre de no sabien ben be quina substància alcohòlica. El vaig trobar de seguida a la barra del bar que era més a la vora. Ens vam comunicar amb els crits típics en un bar musical:
- Però que fas? Qui conduirà el teu cotxe després a la tornada?
- No et preocupis col·lega! He begut poc, només porto dos gots de litre i d’aquí a les sis ja m’haurà passat la tonteria!
El vaig convèncer per tornar a la platja. Vam arribar al voltant de dos quarts de dos, i els nostres tres amics portaven ja uns ulls identificatius. Jo no podia deixar de pensar en la tornada, però tot i així continuava bevent, intentant passar-m’ho el millor possible. Quan vaig prendre dos gots més, els meus pensaments es tornaren més optimistes. L’Albert controlaria bé el seu cotxe quan arribés l’hora d’anar-se. Tenia, però, una intranquil·litat incontrolable. No obstant, què podia passar?
L’hora d’entrar a la discoteca s’apropava. Eren ja les dos en punt. Sense ser conscient encara, el meu temps de vida minvava com minven els assistents a un teatre quan l’obra conclou.

Capítol III: Decisió irreparable
Abans de fer via cap a la discoteca, encara vaig veure a l’Albert animant-se encara més la nit a sobre del banc amb una substància blanca i polsosa que no era precisament sucre.
El camí cap al que semblava una nova nit de diversió com les altres va ser ple de rialles. Però el meu somriure constant amagava una brisa de neguit que en aquells despreocupats moments adolescents no em deixava endevinar la raó. En arribar a la cua, a dos quarts de tres, vam observar que no era gaire extensa i en un tres i no res estàvem davant del senzill examen que s’ha d’aprovar si vols entrar: les mirades dels porters. Com sempre, ens miraren els vermellosos ulls, ens demanaren el carnet d’identitat i, posteriorment, formularen la típica pregunta que a molts espanta però que no té cap importància: havíem begut? No, no havíem begut quatre ampolles de whisky, i encara menys havíem fumat porros, si els ulls eren vermells era o casualitat o que érem portadors de lentilles...
Una vegada a dins, la intensa música em va animar només durant un curt interval de temps. Mentre la meva mirada es dirigia inconscientment cap a tres dels meus amics emparellats per unes hores, el meu cap i el meu cos es sentien fora de joc i lloc, amb una incomoditat enganxosa. Em sentia com un erasmista fent culte als sants. Va ser en aquell moment quan al meu cap repicaven les sàvies paraules que la meva mare repetia des de que sabia que sortíem de nit en cotxe i que bevíem per torns: “Sé que sou responsables, però si en algun moment veus que algú no respecta el torn, agafa l’autobús, no juguis, que vida només n’hi ha una i s’ha de cuidar. Tots hem passat per la joventut, però la vida no acaba en ella”. Amb aquests pensaments, que van esdevenir-me un mal de cap de dolor indescriptible, van arribar dos quarts de sis i, com tenien planejat sortir a tres quarts i cinc, vaig avisar als meus acompanyants i amics i em vaig anar fora a esperar-los, on l’aire semblava pur, nou, com si ningú l’hagués inhalat abans.
Com era previsible, es van agafar deu minuts de premi per haver tingut companyia femenina. A les sis érem ja tots cinc fora, disposats a anar-nos al nostre còmode i segur llit. Mitja hora, només ens quedaven dos quarts de rellotge...
- Segur que tens plenes facultats per conduir? Avui t’has passat força, i no només d’alcohol...
- Tranquils, controlo perfectament... A més, és quasi bé tot recte.
Suposo que el nostre estat era més lamentable que el de l’Albert. Havia de ser-ho, perquè si no és incomprensible que tots quatre deixéssim el nostre fat, la nostra llarga vida que ens quedava per viure en mans d’un noi que a dures penes s’aguantava dempeus. Tampoc no ens vam assabentar de com li costava ficar la marxa, només una mica d’observació i cas a la meva mare haurien estat suficients... Les portes tancades pel botó de seguretat. No hi havia marxa enrere, havíem escollit no arribar a bon port.
Només jo, que era el copilot, romania encara despert, pensant en com seria de tranquil el viatge si no existís l’alcohol o si respectéssim els torns, si no ens deixéssim influenciar per allò que provoca diversió o que fa la majoria i féssim cas a aquells – els nostres progenitors – que només es preocupen de la nostra seguretat. Vaig aprofitar aquest moment per posar-me el cinturó, atès que ara ningú no em podia veure i riure. Potser anava fins i tot més despert que el mateix conductor. Els minuts caminaven més lentament del normal dins d’aquella atracció mortífera de velocitats molt per sobre del límit . Només ens quedaven dues sortides, dues sortides més i arribaven a la nostra ciutat. Fins i tot les llums de l’autopista semblaven espectadores del nostre pròxim futur. Immers en l’idea d’arribar a casa no em vaig assabentar de que el cotxe virava cap a l’esquerra sense que ningú no ho impedís. Va ser qüestió de segons. Vaig mirar tranquil·lament cap al meu millor amic, però només vaig trobar el seu clatell, atès que s’havia quedat adormit i el seu cap mirava cap als seus peus. En aquesta observació vaig perdre el temps necessari per poder tocar el volant. Va ser massa tard. El nou i lluent Honda va estavellar-se primer contra la part esquerra de la calçada, i posteriorment va fer tres voltes de campana abans de quedar-se immòbil com un jugador de la ruleta russa abans de moure el dit que pot provocar-li la mort.

Capítol IV: Sort?
Els primers raigs de Sol em deixaren cec durant uns instants que em permeteren veure que aquest no era el meu llit. Em va bastar només un segon més d’observació per veure que no era la llum del Sol allò que m’impedia obrir els ulls, sinó la llum artificial d’un edifici que no coneixia. Pocs segons mes i, amb ajuda dels llençols, l’olor, i els aparells que m’envoltaven la meva conclusió no podia ser un altre: era a un hospital. La següent observació va ser mirar a la meva esquerra, però només vaig trobar un llit buit i ben fet. Vaig perdre les poques forces que tenia i vaig caure en un profund son. Els somnis no van resultar gaire més tranquil·litzadors. Vaig despertar amb suor freda recorrent el meu front; la infermera acabava d’entrar.
El primer que vaig fer va ser preguntar pels meus amics, sense pensar ni un segon en mi.
- Tu ets del grup de cinc de l’accident de fa tres dies no? – Sense saber realment si havien passat tres dies, vaig afirmar, desitjant obtenir informació positiva. – Bé, tres dels teus amics van morir a l’acte, l’Héctor va morir ahir en una recaiguda inesperada. Era aquí, al teu costat... Per cert, els teus pares han dit que vindrien a les tres, així que en dos quarts seran aquí.
Cada paraula es va endinsar en mi com s’endinsa una agulla a un cuc utilitzat de menjar per a peixos a l’hora de pescar. La meva pal·lidesa muda va esdevenir llàgrimes inútils cada vegada més intenses, semblava un riu en plena època de pluges. El meu següent pensament va ésser força egoista: era viu, l’únic supervivent de la destrucció de quatre famílies ofegades en dolor. La meva no era la cinquena, havia d’ésser feliç per aquesta oportunitat. Em sentia afortunat, havia tingut sort al cap i a la fi. Era dimecres, potser divendres podia tornar a entrenar i dissabte em convoquessin per jugar el partir més important, on ens jugàvem l’ascens de categoria. Aquesta egocèntrica alegria, però, va durar només un minut. Em vaig disposar a aixecar-me per rentar-me la cara de les gotes heterogènies de suor i llàgrimes. Però les cames no responien les ordres del meu cervell. Va començar-me un somriure neguitós indescriptible. Vaig intentar tocar la infermera, molt a prop meu, perquè m’expliqués què passava amb les meves cames. Però tampoc els braços no em van obeir. Amb un gemec ofegat vaig advertir a la infermera, que va deduir el que volia perquè immediatament va començar a parlar.
- Respecte a tu, Xavi, suposo que hauràs ja pogut comprovar que no pots moure les teves articulacions. El teu estat és definit com vegetal: el teu cervell funciona amb normalitat, però has de saber que mai més podràs tornar a sortir d’aquest hospital, d’aquesta habitació. Jo i una companya estem a càrrec de tu les vint-i-quatre hores del dia per si necessites qualsevol cosa. Tranquil·litzat, has sobreviscut a un accident brutal, ets l’únic supervivent, poc a poc t’aniràs acostumant a la teva nova vida.
Però des de la definició de vegetal jo ja no l’escoltava. Cinc famílies havien estat sumides a un record irreparable, irrefutable, inesborrable de les seves ments gràcies a les bogeries de cinc incautes adolescents, quatre dels quals ja havien sofert un destí fatal, i el cinquè, jo, havia passat de viure a morir vivint.
No podia queixar-me del meu destí. Encara que jo era potser el menys boig dels cinc inconscients que pujarem al cotxe amb bitllet cap a la mort, també m’ho mereixia. També havia begut, si no ho hagués fet hauria conduït jo mateix, voluntàriament havia pujat al cotxe, voluntàriament havia arruïnat la meva vida convertint-me en una càrrega per a la meva família, tot i que mai em dirien aquestes paraules. I tot això per voler cremar la vida en pocs anys, per no voler ésser el diferent a l’etapa més perillosa de la vida: l’adolescència, la joventut.
“Per això, i amb l’ajut dels movibles dits del meu germà, escric aquesta història. No paga la pena una nit de diversió desfasada si serà l’ultima nit. No paga la pena veure el somriure fals que només floreix en entrar a la meva habitació i minva transformat en llàgrimes al creuar aquella porta que jo mai no creuaré. Amb aquest relat incito a valorar la vida des del naixement fins a la vellesa, l’adolescència no ha de ser l’últim esglaó. Cada mirada, cada passa, cada abraçada, cada somriure, cada risibilitat despreocupada, cada paraula, valorem-ho i arribem a la conclusió que tot això no s’ha de perdre per unes hores boges controlades per la velocitat inconscient de l’aparell mortífer que pot arribar a ésser un cotxe.”

sábado, 24 de octubre de 2009

I ja que tinc la sort d'ésser bilingüe natiu, una altra dramàtica en català:


Després de dinar el seu plat favorit, l’Albert es dirigí a la seva habitació compartida. Avui era el seu dia, i el seu estat anímic es trobava força decaigut, com un estudiant la nota de tall del qual no li arriba per endinsar-se en la carrera anhelada, i per tant decidí ajeure’s al seu incòmode llit amb l’objectiu de passar-hi la tarda – les seves darreres quatre hores en aquella depriment estança - estirat, no sense abans saludar amb un tímid gest al seu company de la llitera de dalt. Dos anys d’amarga expectació en la seva obligada llar havien tergiversat el seu envejable caràcter: l’optimisme contagiós que radiava anteriorment i que era un dels principals fonaments de la seva vida havia esdevingut pessimisme, tristesa i desesperança. Acomodar-se en aquell matalàs era missió impossible, però una vegada que va aconseguir la posició més suportable va tancar els ulls amb la fi d’evadir-se del seu entorn i penetrar en la seva somniadora ment.
Es trobava amb el seu germà al Carib, el viatge que sempre havien volgut fer junts. Mentre estaven estirats cadascú a una hamaca lligada entre dues palmeres i bevent un còctel típic d’aquella zona, d’un color rogenc que invitava a beure-se’l, parlaven sobre diverses temàtiques.
- Finalment ho hem aconseguit, germà – deia l’Albert mostrant un somriure esplèndid com una posta de Sol en companyia de la persona estimada -. Aquest any ha estat immillorable en quant a la nostra economia, encara que podríem millorar el rendiment de l’empresa si...
- Au va, no em parlis ara de la feina – li tallava l’Eduard – L’únic que m’ha agradat del que has dit es l’adjectiu immillorable, que em serveix per dir que aquestes vacances ho son, d’immillorables. Encara que... No aniria pas malament un parell de dones lleugeres de roba ventant-nos – Ambdós van esclatar en una sonora rialla.
Aquest relaxant paisatge es començà a difuminar en la ment de l’Albert; el soroll de les riallades disminuí progressivament fins a esdevenir mut. És una llàstima que mai no hagin pogut fer aquest viatge...
La seva ment li conduí ara a un record força llunyà. Encara era a la seva terra natal, Catalunya, i concretament a un hospital barceloní: Sant Joan de Déu. La seva mare l’acaronava juntament amb el seu germà, esperant amb amarga expectació, com qui espera la seva hora al corredor de la mort. De sobte un home vestit de verd sortí del que devia ésser la porta d’un quiròfan i es dirigí cap a ells.
- No hem pogut fer res per ell, el tumor estava molt estès. Ho sento, de debò.
- Es culpa meva! Hauria d’haver-lo obligat a venir! Tot això es per culpa meva! – cridava la mare dels dos fills, que havia entrat en un sobtat atac de nervis.
D’aquest record es passà immediatament a un altre, que no devia ésser de més de dos dies de diferència respecte a l’anterior. L’Eduard arribà nerviós a l’habitació de l’Albert, cridant coses inintel·ligibles i plorant nerviosament, al mateix temps que senyalava la porta que amagava l’habitació de la seva mare. En entrar a la cambra, es trobà amb una imatge que mai a la seva vida podria oblidar: la seva mare estava penjada del sostre. Quan va aconseguir asserenar-se, va trucar al número d’emergència i va portar al seu germà petit fora de aquesta esfereïdora imatge. En qüestió de dies, dos nois de nou i onze anys havien quedat orfes. Aquesta recordança s’esvaí del cap de l’Eduard com s’esvaeix el fum quan troba una esquerda per on fugir.
Ara li arribà una vaga reminiscència del seu viatge als Estats Units d’Amèrica que li assegurava un contracte indefinit i un salari imponent que permetria a ell i al seu germà viure sense la soga al coll econòmicament parlant. Però aquesta remembrança es dissipà ràpidament i la ment de l’Albert ens traslladà a una evocació imaginària. Era vint-i-cinc de desembre i tota la seva família era viva i feliç a la seva espaiosa casa de California. Ell era assegut davant del seu germà; a dreta i esquerra apareixen amb gest somrient el seu pare i la seva mare respectivament. Ningú no parlava, però només calia observar els rostres de joia que els quatre personatges d’aquesta estampa idíl·lica mostraven per saber que no calia dir res. De sobte, però, l’Eduard esdevingué sol. Els tres éssers estimats que l’acompanyaven havien desaparegut. El seu desig frustrat havia evolucionat fins a convertir-se en un record: el record del seu darrer sopar de Nadal. Una vegada més, la imatge s’esfumà gradualment i es metamorfosà en una altra.
L’Albert tot just havia estacionat el seu cotxe a l’aparcament privat de casa seva. Tenia una gran notícia que compartir amb el seu germà: li donarien feina a la seva empresa, treballarien junts! Quan es disposà a entrar a casa la porta s’obrí i sortí un home desconegut per ell. Encara que el seu germà tenia molts amics i ell no els coneixia a tots, tingué un mal pressentiment en forma de calfred. Entrà el més ràpid que les seves cames el permetien i els seus pitjors pensaments se li aparegueren al davant: el darrer membre de la seva família estava estès al sòl de la sala d’estar, amb un tir al clatell. Sense pensar-s’ho dues vegades agafà la seva arma i sortí amb el cotxe per tal de veure l’home amb qui abans s’havia creuat. El trobà dues illes més enllà, creuant un carrer. Accelerà el màxim que el seu esportiu permetia i se’l portà pel davant. Immediatament després, amb llàgrimes als ulls, va buidar el seu carregador en aquell home. La imaginació tornà a immiscir-se entre els seus records, i a la vorera veié el seu germà agraint-li la seva venjança.
El seus pensaments foren torbats sobtadament amb dos cops violents a les reixes metàl·liques de la seva estança. Ell mateix es sorprengué de la llibertat que per unes hores la seva imaginació li havia proporcionat.
- Ha arribat l’hora – digué el guardià de la seva cel·la en un anglès tancat.
El camí cap al compartiment on hi residia la cadira elèctrica se’l féu etern. Una vegada assegut i ben lligat, i abans de que un policia li tapés la cara amb una mena de sac, li preguntaren si volia dir unes últimes paraules.
- Només m’agradaria veure què faríeu vosaltres si us treuen l’última baula de la vostra família i sabeu qui ha estat el culpable. Res més... Gràcies per alliberar-me.
Les gotes de l’esponja xopa que li havien adherit al cap es confonien amb les seves llàgrimes impotents i la seva suor freda. Havia arribat el seu moment, l’amarga expectació s’enllestiria en pocs segons. Abans que l’encarregat de posar en marxa aquella cadira mortífera pugés la palanca definitiva per a l’Albert, aquest murmurà entre dents:
- Germà, finalment acomplirem el nostre desig: me’n vaig al Carib amb tu, el nostre anhelat viatge es farà realitat...
Les llums de la presó trontollaren durant uns minuts. Durant aquest temps, imatges de la cruel vida que li havia tocat viure a l’Albert li passaren pel cap ràpidament i sense pausa. Darrerament, obrí els ulls. Al seu davant hi observà aigua cristal·lina que incitava al bany. Als seus peus, fina arena a una temperatura calent però no abrasant. Darrera seu, dues hamaques que animaven al descans. Dues bellíssimes joves ventaven una cara coneguda.
- Benvingut, germà.

Intento de historia dramática:


Llevaba unos cuantos meses sin cruzar el umbral de mi ahora solitaria casa, pero me armé de valor al fin y el veintinueve de noviembre decidí atravesar esa metafórica barrera que antaño se me hacía un muro de hormigón y que ahora se me presentaba como una ventana abierta de par en par. Al cruzarlo, inhalé al fin ese aire que tanto anhelaba pero que la aflicción me impedía disfrutar. Cada hálito me hacía sentir más vivo y libre y, aunque sabía que mi objetivo quedaba lejos a pie, deseaba caminar, deseaba sentir el refrescante aire en mi rostro y tenía la esperanza de que cada bocanada de éste sirviera de elixir también para mi acongojada alma. Mi mente permaneció en blanco durante los incontables pasos que me condujeron hacia el lugar al que, antes de este arrebato de valentía, temía dirigirme.
- Así que es aquí donde las flores marcan el paso del tiempo… - Me dije
Nunca antes había estado en uno. Debo reconocer que mi primera sensación fue de tranquilidad absoluta. Y envuelto en esa placidez, me topé con ellas. Las dos se situaban desafiantes frente a mí, justo como mis peores pesadillas me habían avanzado. Pero, lejos de regresar a la cobardía que durante tantos meses se había apoderado de mí, cerré los ojos con la intención de recordar las páginas más interesantes del diario de una de ellas, de las dos personas más importantes de mi vida.

28 de agosto de 1990. He visto el milagro de la vida con mis propios ojos. La verdad es que por la mañana parecía que iba a ser un día normal y corriente. Me ha despertado una llamada de madrugada preguntando por no sé quién equivocadamente. Cuando se duerme con los nervios a flor de piel, tonterías como esa te enervan a máximo. Supongo que es normal estar nervioso cuando mi mujer está en el hospital esperando nuestro primer hijo. He salido de casa a las cinco y media de la mañana como cada día. Pero mi jornada no ha durado ocho horas hoy. A las doce, el portero de mi fábrica ha venido nervioso hacia mí y me ha dicho que me fuera rápidamente hacia el hospital, que iba a ser padre. Al llegar allí, y después de una larga espera, me han dejado pasar a ver el parto. He podido mirar a mi mujer en todo momento, y he visto el milagro de la vida de cerca. Su llanto me ha contagiado y no he podido evitar que mis ojos mostraran lágrimas de alegría. Nunca olvidaré este día.

1 de agosto de 2009. La vida me sonríe. Y no porque a mi me vaya extremadamente bien, yo sigo trabajando en el mismo lugar desde hace más de treinta años, sino porque a mi hijo le va estupendamente, y eso me hace feliz. Hace poco más de un mes consiguió entrar a la facultad que quería, y sus lágrimas volvieron a contagiarme, como el día de su nacimiento, aunque esta vez ambos llorábamos de alegría, igual que mi mujer. Es increíble, hasta ahora he llorado solo tres veces de felicidad, y las tres han sido gracias a mi chico. La tercera ha sido hoy mismo, cuando con su primer sueldo nos ha regalado un viaje a Escocia. A mí no me hace mucha gracia viajar en avión, pero soy incapaz de rechazarle el regalo y, además, dicen que es el medio de transporte más seguro del mundo, ¿Qué puede pasar? Espero disfrutar mucho del viaje, y también espero que no destroce demasiado la casa en nuestra ausencia. Por fin acabo este diario, así que, ¡Estreno diario para explicar el viaje!

Mi sosegada sensación inicial fue evolucionando hacia el nerviosismo y posteriormente hasta el llanto desconsolado al acabar de rememorar las últimas palabras de mi padre. Era incapaz de digerir el sentimiento de culpabilidad, así que aproveche la altura del cementerio y, después de echarle un último vistazo a las dos inertes tumbas, me acerqué al más alto abismo y di un paso hacia delante, sintiendo la libertad efímera de la caída libre…

viernes, 25 de septiembre de 2009

Aquí va un ejercicio de creación libre, con el único requisito de empezar así:"Se llama _____, igual que yo, y por eso su historia me duele el doble"



Se llama Xavi, igual que yo, y por eso su historia me duele el doble. El día que nací, él ya llevaba unos años, no más de tres, ensimismado, como esperando mi incipiente e inevitable llegada. Pese a ser mayor que yo, Xavi era consciente que sin mí el mundo no tenía equilibrio, y pronto comprendió de la importancia de consultarme en cada decisión siempre y cuando su fin fuese obtener un resultado positivo a largo plazo. Aún así, en nuestros primeros meses de convivencia –y también en los últimos- me fue imposible dominarlo, puesto que se dejaba llevar enteramente por mi antónimo nacido bastante antes que yo también llamado Xavi, aunque más generalmente corazón, irreflexión, imprudencia o improvisación. Y lo entiendo, comprendo que a priori yo pueda parecer una carcoma, el típico murmullo incesante que precede a una reflexión. Sé que en ocasiones he sido para Xavi –el Xavi en el que convivían mi antónimo y yo, el que finalmente decidió a quién ignorar- una filosofía, un patrón a seguir, un método de actuación infalible, pero también soy consciente del vacío que me hizo en los momentos más memorables de su vida y del vacío que me está haciendo en este mismo instante, aunque éste último ya es irremediable hasta el fin de mi amarga existencia. Vale, estoy al tanto de que no soy bienvenido en las fiestas desinhibidas que los jóvenes como él protagonizan, pero yo no pido entrar por la puerta grande en esas veladas sin control, solo pido que entre tanta insensatez i descontrol acompañados de litros de alcohol y grandes dosis de sexo se tome una pequeña copa de mí, del elixir del perfecto equilibrio. Xavi nunca supo (o quizás fue culpa mía, de Xavi al fin y al cabo) alcanzar el término medio. Cuando yo reinaba en su cabeza los éxitos eran rotundos porque solo había lugar para mí en él, pero la consecuencia de todo éxito es su celebración, y aquí es donde Xavi pasaba de mi extremo al extremo de mi opuesto, sin pasar por el entreacto de la armonía. Grandes logros conllevan grandes celebraciones, y grandes celebraciones continuas implican un final no deseado. El cuerpo de Xavi fue sometido a regulares riesgos innecesarios hasta que la caprichosa suerte tan a menudo tentada soltó el hilo del que pendía Xavi y Xavi mi antónimo. Pero ya se sabe, siempre pagan racionales por irreflexivos. Yo, Xavi, conocido vulgarmente como la razón, que nunca había sido tenida en cuenta en ninguna de esas intrépidas actividades cargadas de peligrosa inseguridad soy quien está sufriendo el doble las consecuencias del fatídico accidente que dejó inservible al Xavi ser y dejo sin más ganas de veladas sin razón a mi divertido pero fatal si se utiliza de manera radical antónimo complementario: la irreflexión, o en su extensión, las ganas de quemar la vida sin perder el tiempo en cavilaciones sin duda necesarias.

miércoles, 23 de septiembre de 2009

Aquí viene la primera reflexión en clave de humor irónico que os presento... ¡Deseo que os guste!


Vivimos en un mundo plagado de mentiras. En la televisión podemos ver productos con los que conseguir por arte de magia un cuerpo atlético en tiempo récord, líquidos para olvidar de una vez por todas la calvicie, aparatos maravillosos con los que el vello corporal desaparece sin dolor alguno, tiras nasales venidas del mismísimo cielo para evitar que ronquemos e incluso bebidas que nos permiten volar o tener sueños cercanos al placer orgásmico. Y todo esto solo durante la escasísima publicidad que nos ofrecen las cadenas que vemos a diario (eso sí, quizás los anuncios sean más interesantes que algunos de los programas-bazofia que nos muestran dichas cadenas televisivas, pero eso es otra historia). Si nos fijamos en la programación digna que algunos canales emiten (es difícil encontrarla, lo sé, os pido un esfuerzo), encontraremos seguramente a altos mandatarios diciendo que bajo ningún concepto la guerra es a causa de los pozos petrolíferos del país atacado e incluso a un tipo de cejas arqueadas y lengua endiabladamente atractiva desmintiendo una crisis que lleva al paro a más de 6000 personas diarias en su país. En este mundo de chiste hay falacias en cualquier ámbito. No obstante, es en el entorno de las relaciones amorosas donde encontramos las mentiras más notables.
En primer lugar, hay diversas mentiras generalizadas en el terreno sexual de una relación. Todo hombre ha dicho o dirá alguna vez la famosa frase “tranquila, no te va a doler”. Asimismo, y en situaciones no demasiado alejadas, los seres de dos cerebros también dirán o han dicho cuando uno de sus cerebros se encuentra en boca femenina algo parecido a “chupa, chupa, que yo te aviso”. Las mujeres, tan inteligentes en la mayoría de situaciones, se dejan llevar por la pasión y creen erróneamente que ambas afirmaciones son ciertas. Eso sí, las mujeres no son las únicas crédulas en este asunto. Los varones somos capaces de creer las declaraciones de las féminas cuando dicen con semblante serio y carcajada interna que “el tamaño no importa” o, aún peor, la frase cargada de ficción y rabia contenida que asegura que “no pasa nada cariño, le puede ocurrir a cualquiera”.
En segundo lugar, las mentiras dirigidas mas directamente a los sentimientos, que son más abundantes y a la vez más crueles. Seguro que a todos se nos ha quedado alguna vez cara de memo al decir u oír “te quiero desde la primera vez que te vi”, una frase genial que lamentablemente (siento decepcionar a alguien por ahí) es incierta. Para justificar una injustificable infidelidad recorremos a menudo al estado de embriaguez: “estaba borracho, no sabía lo que hacía”. Yo respondería a una mujer que viniera con ese cuento de esta manera: “Además de infiel, alcohólica, menuda joyita me llevo”. Aún así, esta no es la peor de las mentiras que se pueden oír en el terreno sentimental. Las más ocurrentes aparecen a la hora de romper una relación. De esta manera, alguna vez nos veremos caer encima o saldrán de nuestra boca barbaridades tales como “te quiero muchísimo, pero no te merezco”, “te quiero mucho, pero como amigo”, o la más cruel: “dame tiempo, tengo que aclarar mis ideas”. Al oír estas patrañas tenemos que saber que el individuo o individua que las dice te quiere, sí, pero contra más lejos mejor.
En conclusión, pienso que ningún ser humano en la faz de la tierra se salva de haber dicho en alguna ocasión una o varias mentiras, sea por puro vicio, sea por exigencias de nuestro guión de la vida. Por lo tanto, si no podemos eliminar la mentira de nuestras vida – madres, amigos, parejas, presidentes del gobierno, nadie se salva - , ¿Por qué no tomárnoslas con humor?